miércoles, 2 de septiembre de 2009

Los pobres y el vigía



Es inevitable el poder
de atracción, certero,
qué posee
la irremediable
pobreza.

A ella se le amarran,
como una madre,
las aguas lentas
inundadoras,
compartiendo su andar
con infinidad
de desperdicios
inocentes.

Nunca llegarán
a lo alto del barrio,
ni a la mansión
decorada e imponente .
Ni el barro ensuciará
el zapato lustrado.

A la pobreza siempre arriban
las primeras tropas,
imponentes, prepotentes.

El hambre nunca
pierde trecho,
voraz,
nutriente mayor
de la propia
desnutrición.

Por más grande
qué se tenga el corazón
la pobreza es un pecado.

Abriendo paso con
inmensos brazos,
la estrella más grande de hoy:
La discriminación.

Ella también reside,
en algunos casos,
en el barrio alto,
perfecto, con estilo y distinción.

Tal vez, sea miedo
a compartir o a repartir,
lo qué atesora
la no intromisión.

La educación
va cabizbaja
cuando el estómago
grita una elegía.

La panza repleta
logra
altos promedios.
La abundancia
logra
genios.

Dejo en claro qué hay
quién tiene y ha luchado.
Qué hay quién tiene y
no ha engañado.

Pero el pobre es siempre
mal juzgado.

La riqueza y la abundancia
más preciada
es el amor.

Sobre la pobreza
hay un vigía,
como una zorro
siempre agazapado.

Es la muerte está
encrespada.

Pero, desde ese límite
hacia el otro lado
está el barrio alto.

¡Cuidado,
ella nunca discrimina!

¡ Atención!

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